El clavadista de La Quebrada no mira hacia abajo. Eso fue lo primero que noté mientras el sol de la tarde incendiaba el acantilado. Mira hacia el mar. Calcula el oleaje, el momento exacto en que la ola va a llenar la grieta de apenas cuatro metros de ancho donde caerá.
Treinta y cinco metros suenan impresionantes en un folleto. Pero la verdadera hazaña está en esperar. Y ahí, con el clavadista suspendido en esa pausa eterna, caí en cuenta de que Acapulco entero aprendió a hacer lo mismo.
Llegué al puerto para cubrir la edición número 50 del Tianguis Turístico, esa feria que en México es sagrada porque concentra en cuatro días lo que el país le vende al mundo: playas, historia, comida y una capacidad de hospitalidad que roza lo obsesivo.
Cincuenta años. La primera edición fue aquí, en esta bahía. Después el evento se volvió itinerante, pero cada dos años regresa a su origen como quien vuelve a la casa de los abuelos.
Y este regreso, hay que decirlo, tenía una carga extra: Acapulco seguía sangrando las heridas del huracán Otis, que en octubre de 2023 arrasó la ciudad. Los titulares de los últimos años han sido generosos en catástrofes.
Pero caminar entre los 3.500 expositores y los 1.200 compradores que llegaron de casi 50 países me dio la sensación de estar asistiendo a algo más que a una rueda de negocios.
Los números que soltaban los organizadores en cada conferencia de prensa sonaban a verificación de hipótesis: 64.138 citas de negocio, el doble que hace dos años. Mil treinta y ocho millones de pesos en ventas, un 137% más que en la edición de Acapulco 2024. Cincuenta y ocho nuevos vuelos, veintiuno de ellos internacionales, incluyendo rutas desde Acapulco hacia Vancouver y Toronto.
«Hemos superado en cifras al anterior Tianguis en Tijuana y casi doblado los números del que celebramos aquí hace dos años», me dijo Marcela Camacho, directora de Innovación de la Secretaría de Turismo, con esa mezcla de orgullo y alivio que tienen los que organizan eventos en territorios golpeados. «Crecemos de manera exponencial».
Pero el momento que me quedó grabado no fue en el centro de convenciones. Fue en el Fuerte de San Diego, esa fortaleza del siglo XVII que ha sobrevivido a piratas, terremotos y ahora a huracanes.
Allí presentaron «Acuérdate de Acapulco: El Origen», el espectáculo en vivo más grande en la historia del estado. Más de cien artistas de Guerrero en escena, música en vivo, danza, un recorrido por miles de años de historia.
La gobernadora Evelyn Salgado Pineda, que habla con esa mezcla de convicción y cansancio que da gobernar un estado golpeado, dedicó la edición al pueblo acapulqueño: «Esta edición de oro está dedicada totalmente al pueblo acapulqueño. No paramos, porque la lucha no termina aquí».
El público se puso de pie. Y no era el aplauso de compromiso que uno ve en tantos eventos oficiales.
Aida Patricia Pérez, la secretaria de Turismo de Guerrero, me había dicho por la mañana algo que entendí del todo esa noche. Estábamos en un pasillo atestado de gente con acreditaciones, ella revisando un teléfono que no paraba de vibrar, y soltó casi de pasada: «Reconstruir solos es imposible. Acá empujamos todos al mismo tiempo».
Me gustó que no intentara venderme una versión edulcorada. Dijo «imposible» sin eufemismos. Y después agregó los datos que importan: diecisiete mil camas operativas, cuando antes del huracán eran veinte mil. Un ochenta y cinco por ciento de ocupación hotelera durante la semana del Tianguis.
«No es que hayamos recuperado todo», me corrigió cuando le pregunté si ya estaban al cien por ciento. «Es que con lo que tenemos, estamos rindiendo mejor que antes».
La noche del espectáculo, mientras las luces recorrían las murallas del fuerte, pensé en ese clavadista que vi horas antes. En cómo no saltó hasta que sintió que el mar estaba listo.
Acapulco, después de todo, está haciendo más o menos lo mismo. No ha vuelto a ser lo que era. Pero tampoco quiere serlo. Porque lo que era, quizás, era un destino que dormía en sus laureles, confiado en que su fama lo mantendría a flote.
Lo que está siendo ahora es otra cosa: una ciudad que aprendió a medir las olas, a esperar el momento justo y a saltar con todo el peso de su historia, pero también con la urgencia de quien sabe que el fondo rocoso no espera.
Y eso, me parece, es una mejor manera de cumplir 50 años.


